Eduardo Bazán Alva
Alicia tiene 18 años, es una chica extremadamente cariñosa con sus maestros y familia; y uno de sus placeres es ver videos divertidos en youtube. Estudia el cuarto ciclo de la carrera de Arquitectura y los cursos se le han complicado. No tiene conocimientos de física y dibuja muy mal. Sus docentes; entre diálogos internos, sospecharon que tenía algún tipo de deficiencia académica, e inclusive un problema psicológico. Piensan seriamente que ella no tendrá éxito, pues en la carrera “no la hace”. Si bien es cierto, puede que ellos no se equivoquen, no ahondaron en las posibilidades, capacidades y pasiones de Alicia; de hecho, ese trabajo no les corresponde. Alicia cuenta con una historia alterna, es una apasionada de escribir cartas de afecto a su madre, estudió en un colegio religioso con notas promedio altas, está terminando de estudiar el idioma Francés y lo habla con increíble fluidez; y, a la vez, participa de un campeonato internacional de Dota en donde sus probabilidades de campeonar son muy altas. Entonces ¿Alicia estará condenada al fracaso profesional? Si lo enfocamos desde la educación tradicional, sí; y muy probablemente se podría hablar de una mala orientación vocacional. Lo más seguro es que cuando Alicia era niña y dijo que quería viajar por el mundo jugando con todos sus amigos y conociendo con su familia la torre Eiffiel, nadie hiciera caso. Probablemente nadie se sentó a su lado a empezar a construir su sueño.
Alicia tiene 18 años, es una chica extremadamente cariñosa con sus maestros y familia; y uno de sus placeres es ver videos divertidos en youtube. Estudia el cuarto ciclo de la carrera de Arquitectura y los cursos se le han complicado. No tiene conocimientos de física y dibuja muy mal. Sus docentes; entre diálogos internos, sospecharon que tenía algún tipo de deficiencia académica, e inclusive un problema psicológico. Piensan seriamente que ella no tendrá éxito, pues en la carrera “no la hace”. Si bien es cierto, puede que ellos no se equivoquen, no ahondaron en las posibilidades, capacidades y pasiones de Alicia; de hecho, ese trabajo no les corresponde. Alicia cuenta con una historia alterna, es una apasionada de escribir cartas de afecto a su madre, estudió en un colegio religioso con notas promedio altas, está terminando de estudiar el idioma Francés y lo habla con increíble fluidez; y, a la vez, participa de un campeonato internacional de Dota en donde sus probabilidades de campeonar son muy altas. Entonces ¿Alicia estará condenada al fracaso profesional? Si lo enfocamos desde la educación tradicional, sí; y muy probablemente se podría hablar de una mala orientación vocacional. Lo más seguro es que cuando Alicia era niña y dijo que quería viajar por el mundo jugando con todos sus amigos y conociendo con su familia la torre Eiffiel, nadie hiciera caso. Probablemente nadie se sentó a su lado a empezar a construir su sueño.
A puertas de
finalizar la etapa académica escolar secundaria, un conjunto de interrogantes
abordan la mente de un estudiante. ¿Qué carrera debo estudiar? ¿Qué profesión
debo elegir? ¿Complaceré a mis padres con mi elección? ¿Tendré un buen salario
y status social? etc. Todas estas preguntas se fueron construyendo a medida que
fuimos creciendo académicamente. Una sociedad como la nuestra nos lleva a
buscar un modelo de éxito basado en el profesional destacado con un trabajo
estable; sin dejar en claro los retos que plantea esto.
Si bien es cierto,
existen numerosas técnicas y pruebas vocacionales; un punto muy importante y en
boga, es la orientación profesional realizada por un experto. Usualmente esta
responsabilidad recae en psicólogos y/o educadores especialistas en identificar
cuáles son las características resaltantes en una persona y ayudarlo a definir
en donde podría desempeñarse mejor.
En todo caso una
gran pregunta es: ¿Nuestro sistema académico formativo aboga por que el estudiante
tenga en claro sus virtudes, capacidades y limitaciones de forma que pueda
elegir? Cuando un niño en la etapa pre escolar, elige a los 5 años en su clase
de “Las Profesiones” ser Jardinero, Profesor, Músico, Policía, Pintor, Actor,
Cantante, Doctor, Futbolista, Skater, Astronauta, Bombero, Enfermera ¿Logran
esta meta?, ¿los educadores afianzan esta meta?, ¿Los padres dejan de lado sus
prejuicios y les enseñan a alcanzar esta meta y por ende felicidad?. La
respuesta salta a la vista cuando testeamos el alto nivel de deserción escolar,
bajo rendimiento académico, frustración en los primeros ciclos universitarios y
profesionales que terminan enfocando esfuerzos en diversas actividades muy
ajenas a sus estudios superiores.
Entonces
¿necesitamos orientación vocacional? Una propuesta interesante es la
Construcción Vocacional. La revolución educativa debería buscar posibilidades
de desempeño profesional, partiendo de la valoración de las características
personales con que cuenta cada persona. El aprendizaje debe darse en función
del desarrollo personal, acompañado por el éxito académico; tomando en cuenta
que no todos somos buenos para áreas marcadas cómo exitosas – “…si sabes
matemática, entonces eres muy inteligente y futuro Ingeniero…alégrate…”- y
muchas veces dejamos de lado aquella pasión que alguien se encargo de asesinar
tildándola de hobbie, pasatiempo o de “de eso no se puede vivir”. El estudiante
desde temprana edad, debe formar un aprendizaje integral, en donde guarde
cercano vínculo con los mensajes llegados de casa, la escuela y la sociedad.
Debemos de buscar construir un futuro deseado, siendo creativos y a la vez
realistas de lo que nuestros estudiantes pueden hacer y lograr.
Construir una
Vocación entonces plantea el reto de generar una revolución en nuestros
conceptos y asumir que tenemos la gran posibilidad de formar personas de éxito,
que valoren todas sus habilidades y las pongan en práctica de forma provechosa
y bondadosa. Dejar de lado el prejuicio de querer que los estudiantes se ajusten
a un mundo globalizado y abandonen sus pasiones; y valorar la trascendencia,
originalidad, creatividad que hay en cada uno de ellos. Construir la vocación,
implica un acompañamiento desde los primeros aprendizajes en el hogar, la
escuela y la sociedad. Construir una vocación implica el serio desafío de
enrumbar los diversos tropiezos, fracasos y frustraciones que puedan aparecer
para convertirlas en una oportunidad de aprendizaje futuro. De esta manera, se
podría hablar de una adecuada construcción vocacional y por ende una vida
plena, con metas y pasiones que vivir.
Alicia tiene 22 años, decidió dejar su carrera
para buscar trabajo en lo la embajada Francesa, pues habla muy bien el Francés.
Su capacidad de empatía, buen trato y la seguridad que ha ganado en el trabajo,
le abrió nuevas posibilidades. Alicia viajará a Paris en un mes, Alicia
construyó un futuro deseado, Alicia; hoy por hoy, es feliz.
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